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Terra
La Coctelera

Querida Isabel

Querida Isabel:
Te escribo ahora que me estoy recuperando, ya que el otro día tuvieron que operarme. Si, no fue nada importante, estaba en casa y empecé a encontrarme mal y al final tuvieron que llevarme al hospital por urgencias, ya que comencé a sentir un dolor tan grande que dudo que hayan palabras que acierten a describirlo.

Realmente pasé unos días muy difíciles ya que los médicos no eran capaces de comprender lo que me estaba pasando. Sólo podían darme calmantes y antibióticos “por si acaso”, hasta que no fue un médico sino una enfermera la que se acercó a mí y me dijo: Tú lo que tienes es la enfermedad más antigua de todas.

Me secó las lagrimas y se sentó a mi lado, me quitó tu foto, la guardó en un cajón y desapareció por la puerta indicando: Espera un momento que voy a avisar al médico, tú mientras no toques la foto ¿vale?. Yo le respondí con un movimiento de cabeza, ya que no era capaz de articular palabra.

Mientras ella volvía recordaba cómo había comenzado todo, es decir la noche anterior al principio de mi dolor. Aquella noche después de conocernos durante muchos años mientras que me sacabas a bailar me dijiste lo más bonito, pero lo más duro que te pueden decir: El hombre de mi vida eres tú, pero como sabes tengo una relación con otra persona desde hace tiempo y hubiese sido muy bonito, pero las invitaciones para la boda están repartidas. Fue bonito por que me dijiste que me querías y eso para mí fue como ver amanecer quince veces en la misma noche, pero fue duro por que no averiguaría como huelen las mañanas a tu lado, ni el color que tiene tu risa, los pliegues que dejas en la cama, el ritmo de tu respiración ni podría acariciarte tus penas. Recordaba cómo esperé desde ese momento hasta el mismo día de la boda a que me llamases, o alguien me dijese que no te casabas, pero ese momento no llegó, solo llega en las películas o en los cuentos si son de hadas.

En la habitación apareció de nuevo la enfermera con un doctor de aspecto muy serio, que estaba de guardia en ese momento y poco pudo hacer, solo le dijo a la enfermera: Subiremos la dosis de antibióticos y calmantes por si acaso, y mañana que le vea el especialista. El doctor procedió a quitarme tu foto de las manos y volvió a colocarla en el cajón que estaba abierto, pero la tengo grabada y daba igual que la guardasen en un cajón, también a ti te tengo grabada, y te recordaba. Recordaba tu voz, tu pelo, tu risa, tus ojos, tu olor siempre moldeados por la mano del mágico artista que rozó la perfección y que te puso ante mí y me dijo: Te gusta ¿eh? Y yo como un niño dije ilusionado: ¡Sí!, Pues te jodes, por que es para otro, y yo como un niño lloraba y lloraba.

A la mañana siguiente me bajaron a la planta de especialidades, a un ala del hospital que estaba muy escondida a través de un laberinto inmenso. Durante el trayecto vi como todas las mujeres tenían tu cara probablemente por el efecto de los calmantes que me habían ido aumentando en proporción al aumento de mis suspiros.

Sin esperar me metieron en una consulta en la que aguardaba un medico que leía un historial con mi nombre. Buenos días, nos saludamos y comenzó a explicarme: He hablado con la enfermera Bemba y me ha dicho que cree saber lo que te pasa me dijo dándose golpecitos en el corazón. Yo le sonreí y le explique: Créame doctor, no sé cuanto puede doler un desamor, pero dudo que sea como me duele esto a mí. Evidentemente, contestó, ahora vamos a realizar algunas pruebas más y tal vez tengamos que subir la dosis de calmantes y antibióticos “por si acaso” pero lo más probable es que si se trate de un desamor.

Siéntese en esta camilla y deme la foto. Miré mis manos y le di la foto que con una seña del médico, la enfermera se apresuró a esconder. Me pidió que le contase lo que me había pasado contigo, y yo le contesté con tono irónico. Él me explicó que pertenecía a una nueva rama de la medicina que todavía se hallaba en fase experimental y por intentarlo no perdería nada, no estaba obligado a nada. Finalmente se lo conté. El friamente se limitaba a hacer anotaciónes en la libreta y creo que durante un rato un crucigrama, aunque pudieron ser los calmantes.

- Es muy fuerte-, dijo, - déjeme ver. Con sus dedos abrió uno de mis ojos sobre el que envió una luz muy fuerte y a la vez que exclamaba: ajá, pasaba al otro ojo, sobre el que volvió a decir: ajá. Bien, descúbrase de cintura para arriba, y mientras lo hacia, él escribía en el historial. Me quité la chaqueta del pijama y él procedió a auscultarme: Respire, expire y ahora suspire. Saque la lengua, indicó, y con un palito y su linterna pareció que me mirase el interior, un ultimo ajá y me dijo: Ya puede cubrirse. Volvió a escribir en el historial. Señor mío, dijo, ahora estoy seguro al cien por cien, su caso es de desamor. Tenemos que ver si ha derivado en crónico. Se levantó de la mesa y enchufó un aparato de música, en el que empezó a sonar: “Blues si no estas tú” de los Muskatones y mis lágrimas empezaron a caer. La enfermera me acercó un pañuelo y el doctor me separó de nuevo de tu foto que pasó a grapar en mi historial en el que escribió en letras grandes: Crónico.

- Verá- procedió a explicarme- Ustedes no se dan cuenta de las consecuencias que tiene jugar con el Amor. Las autoridades sanitarias advierten de los riesgos derivados del tabaco y piden el consumo moderado de alcohol o su uso responsable, pero no hablan del amor, y finalmente hay víctimas como usted, dijo sacudiendo la cabeza. Ahora el único remedio es la extirpación del amor. ¿Eh? fue mi contestación, si, afirmó, la única posibilidad que tiene usted es la de pasar por quirófano, es una operación sencilla, pero como toda operación tiene sus riesgos. Y yo como buen paciente dije ¿Y si no me opero?. El dolor intenso se le pasará, pero el problema seguirá ahí para siempre y podrá afectarle a todos sus hábitos más primordiales como comer, dormir, etc. La decisión es suya.
La verdad es que fue una operación sencilla, una hora más o menos y ¿sabes que? YA NO ME DUELES.

Gentes de mar

Piso la playa en la que vivo con pasos que marcan la arena, se quedan grabados en ella, donde no llegan las mareas, donde solo el viento y el tiempo, la lluvia y otros pasos pueden desdibujar mis huellas. Otras veces mis huellas son solo acústicas, en el paseo de tablillas: toc- toc. Con ellas juego a hacer destiempos: to- toc y estas se borran en el silencio, o se ahogan en el ruido de un viento fuerte, o una manera de llover que suene más que yo.

Todas las mañanas mis pasos me traen de vuelta a la realidad y me despierto aquí, en medio de un cuento de sol o de nubes, de olor a sal y caminando junto a Jazz, mi perro, que acompaña mis huellas con las suyas. A estas horas se hace todo de oro o de plata.

Hoy las nubes se enredan y hacen un día argento, es Galicia y cuenta la leyenda que es una dama de la que sus lagrimas hacen crecer el verde. Sopla un poco de viento de invierno y hace frío, pero supongo que esta historia se tiene que contar aquí por que si no carecería de sentido y de sentimientos, y su banda sonora son mis propios pasos, los de Jazz y los tuyos si nos acompañas.

Creo que nací a este cuento cuando me vine a vivir a Santa Cristina, pueblo entre mar y ría, que forma una península en frente a La Coruña.

Allí los conocí, poco a poco. Son los habitantes del mar. Nunca los he visto llegar de ningún sitio, no sé de donde vienen ni a donde van, solamente te los cruzas paseando por la zona de la ría o de la playa y sonríen, con sonrisas que parecen olas de mar.

Mira ese señor que va por ahí es un tritón, un tritón anciano que pasea acompañado de una parrocha que cobra apariencia de un caniche. Noto tu incredulidad, pero sigamos caminando.

Aquella señora que se acerca por allí es una ostra, preciosa, madura, sobra decir que la luz se refleja en ella, y que el brillo de su mirada y de su risa son incapaces de ocultar que lleva una perla en su interior, y ese señor de bigote y con chándal, es un cormorán haciendo ejercicio, fíjate como extiende sus alas y las vuelve a cerrar.

Ahora incrédulo sonríes. Bien; yo también fui incrédulo, pero mira las huellas que hemos dejado hasta ahora Jazz, tú y yo: incoloras. Seguro que recordarás un accidente en el que un barco vertió petróleo al mar y el petróleo llegó a la costa ¿no? Mira ahora sus huellas: son negras.